Terry iba al máximo, probablemente a veinticinco nudos. Así que Otto, el cliente, y yo estábamos en el puente de mando y el barco de repente hizo un giro de noventa grados hacia el oeste. A mar abierto, tío. Sabía que eso no estaba planeado, así que subí por la escalera y en cuanto asomé la cabeza vi a Terry doblado sobre el timón. Se había desplomado. Llegué hasta él y estaba vivo, pero completamente en las nubes.

– ¿Qué hizo?

– Fui socorrista. En Venice Beach. Todavía sé hacer una reanimación. Llamé a Otto para que se ocupara del timón y me puse a atender a Terry mientras Otto tomaba el control del barco y sacaba la radio para llamar a la Guardia Costera. No conseguí reanimar a Terry, pero no paré de echar aire en sus pulmones hasta que apareció el helicóptero. Tardaron mucho.

Tomé una nota en mi libreta. No porque fuera importante, sino porque quería que Lockridge supiera que lo tomaba en serio y que lo que él considerara importante también era importante para mí.

– ¿Cuánto tardaron?

– Veinte, veinticinco minutos. No estoy seguro de cuánto fue, pero parece una eternidad cuando estás tratando de que alguien siga respirando.

– Sí, toda la gente con la que he hablado dijo que hizo todo lo posible. Así que Terry nunca pronunció ni una palabra. Sólo se desplomó sobre el timón.

– Exactamente.

– ¿Entonces qué fue lo último que le dijo?

Lockridge empezó a morderse la uña de uno de sus pulgares mientras intentaba recordarlo.

– Buena pregunta. Supongo que fue cuando volvió a la barandilla que da al puente de mando y gritó que estaríamos en casa al anochecer.

– ¿Y cuánto tiempo pasó entre que dijo eso y se desplomó?

– Una media hora, o un poco más.

– ¿Y tenía buen aspecto?

– Sí, parecía el Terror de siempre. Nadie habría adivinado lo que iba a pasar.

– Por entonces llevaban cuatro días en el barco, ¿no?



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