
– ¿Qué pasa? -pregunté.
– Es el capullo que se fue con mi maldita caja de pesca.
– ¿Qué caja de pesca?
– Mi GPS. Es el tipo que se lo llevó.
7
Backus permaneció a al menos treinta metros de distancia de ella. Incluso en el atestado aeropuerto de Chicago, sabía que ella estaría en lo que siempre llamaban «alerta seis» cuando estaba en el FBI. Vigilando su espalda y siempre comprobando si la seguían. Ya había resultado bastante comprometido viajar con ella hasta entonces. El avión de Dakota del Sur era pequeño y había menos de cuarenta personas a bordo. La distribución aleatoria de los asientos lo había colocado sólo dos filas detrás de ella. Tan cerca que pensaba que podía oler su aroma, el que subyacía al perfume y el maquillaje. El que podían seguir los perros.
Era embriagador estar tan cerca y a la vez a tanta distancia. Todo el tiempo quería que se volviera y captar un atisbo de su rostro entre los asientos, ver lo que estaba haciendo. Pero no se atrevió. Tenía que esperar su oportunidad. Sabía que las cosas buenas recompensaban a aquellos que las planeaban cuidadosamente y después esperaban. Ese era el quid de la cuestión, el secreto. La oscuridad espera. Todo va a parar a la oscuridad.
La siguió a través de media terminal de American Airlines hasta que ella tomó asiento en la puerta de embarque K9. Estaba vacía. No había viajeros allí. No había empleados de American detrás del mostrador, esperando para ponerse al ordenador y verificar los billetes. Sin embargo, Backus sabía que el único motivo era que era temprano. Los dos habían llegado temprano. El vuelo a Las Vegas no partiría de la puerta K9 hasta al cabo de dos horas. Lo sabía porque él también iba en el vuelo a Las Vegas. En cierto modo era el ángel guardián de Rachel Walling, un escolta silencioso que la acompañaría hasta que ella llegara a su destino final.
