
– Allá vamos -dijo Lockridge-. ¿Quiere ver algo de esto? Son clientes y peces.
– Sí, enséñeme las más recientes.
Lockridge hizo clic en una carpeta que estaba etiquetada por fechas que terminaban justo una semana antes de la muerte de McCaleb. La carpeta se abrió y surgieron varias decenas de fotos ordenadas cronológicamente. Lockridge hizo clic en la más reciente. Al cabo de un instante apareció una foto en la pantalla. Mostraba a un hombre y una mujer, ambos muy quemados por el sol y sonriendo mientras sostenían un espantoso pez marrón.
– Halibut de la bahía de Santa Mónica -dijo Buddy-. Ese fue bueno.
– ¿Quiénes son?
– Um, eran de… Minnesota, creo. Sí, de St. Paul. Y no creo que estuvieran casados. O sea, estaban casados, pero no el uno con la otra. Estaban alojados en la isla. Fue la última salida antes del viaje a Baja. Las fotos de ese viaje probablemente siguen en la cámara.
– ¿Dónde está la cámara?
– Debería estar aquí. Si no, probablemente, la tendrá Graciela.
Hizo clic en una flecha situada encima de la foto que señalaba a la izquierda. Pronto apareció la siguiente imagen: la misma pareja y el mismo pez. Lockridge continuó manejando el ratón del ordenador y al final llegó a un nuevo cliente con su trofeo, una criatura blanca rosada de unos treinta y cinco centímetros.
– Barramundi -dijo Lockridge-. Bonito ejemplar.
Continuó pasando imágenes, mostrándome una procesión de pescadores y sus capturas. Todos parecían felices, algunos incluso tenían el delator brillo del alcohol en los ojos. Lockridge conocía los nombres de todos los peces, pero no el de todos los clientes. No los recordaba a todos por el nombre. Algunos de ellos simplemente se clasificaban como tipos que daban buenas o malas propinas, y punto.
Finalmente, llegó a un hombre con una sonrisa de satisfacción en el rostro que sostenía un pequeño barramundi. Lockridge maldijo.
