
Durante un momento pensó en lo que lo esperaba. Iba a llevarse de viaje a Rachel Walling. Al final de ese viaje, ella conocería las profundidades de la oscuridad. Su oscuridad. Pagaría por lo que le había hecho.
Sintió que tenía una erección. Se alejó del lavabo y volvió a una de las cabinas. Trató de pensar en otra cosa. Escuchó a los compañeros viajeros que entraban y salían del cuarto de baño, aliviándose, lavándose. Un hombre habló desde un teléfono móvil mientras defecaba en la cabina contigua. El lugar en conjunto parecía horrible, pero no importaba. Olía como el túnel donde él había renacido en sangre y oscuridad tanto tiempo atrás. ¡Si supieran quién estaba en su presencia allí!
Momentáneamente tuvo una visión de un cielo oscuro y sin estrellas. Estaba cayendo de espaldas, agitando los brazos igual que un polluelo empujado desde lo alto del nido agita inútilmente las alas.
Pero había sobrevivido y había aprendido a volar.
Empezó a reír y utilizó el pie para accionar la cisterna y cubrir su sonido.
– Que os den por culo a todos -susurró.
Esperó a que su erección se aplacara, considerando su causa y sonriendo. Conocía muy bien su propio perfil. Al final siempre se trataba de lo mismo. Sólo había un nanómetro de diferencia entre el poder, el sexo y la satisfacción cuando se trataba de los estrechos espacios sinápticos de los pliegues grises del cerebro. En esos espacios todo se reducía a lo mismo.
Cuando estuvo listo accionó de nuevo la cisterna, con cuidado de hacerlo con el zapato, y salió de la cabina. Se lavó otra vez las manos y comprobó su aspecto en el espejo. Sonrió. Era un hombre nuevo. Rachel no lo reconocería. Nadie lo haría. Se sentía seguro. Abrió la cremallera de la bolsa del MGM y verificó que llevaba su cámara digital. Decidió que correría el riesgo y le haría algunas fotos a Rachel. Sólo unos recuerdos, unas pequeñas instantáneas secretas que podría admirar y disfrutar después de que todo hubiera concluido.
