
Rachel asintió. Por descontado que iría.
– ¿Cherie?
– ¿Qué?
– ¿Por qué creéis que fue él quien envió el paquete?
– No lo creemos. Lo sabemos. Obtuvimos una coincidencia hace un rato en una huella del GPS. Cambió las pilas y sacamos un pulgar de una de ellas. Robert Backus. Es él. Ha vuelto.
Rachel abrió lentamente el puño y se examinó la mano. Estaba tan quieta como la de una estatua. El pánico que había sentido sólo un momento antes estaba mutando. Podía admitírselo a ella misma, pero a nadie más. Sentía la adrenalina circulando de nuevo en su sangre, tiñéndola de un rojo más oscuro. Casi negro. Había estado esperando esa llamada. Dormía todas las noches con el móvil cerca del oído. Sí, las llamadas formaban parte del trabajo. Pero ésta era la única llamada que verdaderamente había estado esperando.
– Puedes poner nombre a los waypoints -dijo Dei en el silencio-. En el GPS. Hasta doce caracteres y espacios. A este sitio lo ha llamado «Hola Rachel». Supongo que todavía prepara algo para ti. Es como si te estuviera llamando, tiene alguna clase de plan.
La memoria de Rachel desenterró la imagen de un hombre cayendo hacia atrás a través de un vidrio y desapareciendo en el oscuro vacío que se abría debajo.
– Voy en camino -dijo.
– Lo estamos trabajando desde la oficina de campo de Las Vegas. Será más fácil mantenerlo oculto desde allí. Ten cuidado, Rachel. No sabemos qué tiene en mente con esto, pero ten cuidado.
– Lo tendré. Siempre lo tengo.
– Llámame para darme los datos y pasaré a recogerte.
– Lo haré.
Rachel pulsó el botón de desconexión de la llamada. Se estiró hacia la mesilla de noche y encendió la luz. Durante un momento recordó el sueño: la calma del agua negra y el cielo, como dos espejos enfrentados. Y ella en medio, simplemente flotando.
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