
A Megan Underwood y a los expertos de Goldberg McDuffie Communications, Inc., de nuevo, por su incesante dedicación y su incuestionable pericia.
A Philip Spitzer, mi agente: siempre te estaré agradecida por arriesgarte conmigo.
A Darcy Lindner, director de una funeraria, por contestar a mis morbosas preguntas con gracejo profesional, simpatía, franqueza y minuciosidad suficiente como para inculcarme un tremendo respeto por su profesión.
A Tony Friend, agente de la policía de Omaha, por una imagen de las cucarachas que no olvidaré fácilmente.
A los agentes especiales Jeffrey John, Art Westveer y Harry Kern, de la Academia del FBI en Quantico, por abrir un hueco en sus apretadas agendas para enseñarme las instalaciones y darme cierta idea de lo que significa ser un verdadero agente del FBI y un experto en perfiles criminales. Gracias también al agente especial Steve Frank.
Al doctor Gene Egnoski, psicólogo y primo extraordinario, por sacar tiempo para ayudarme a psicoanalizar a mis asesinos y no extrañarse por ello. Y gracias en particular a Mary Egnoski, por escuchar con paciencia y darnos ánimos.
A John Philpin, escritor y psicólogo forense retirado, por contestar con tanta generosidad y sin vacilación a todas mis preguntas.
A Beth Black y a su maravilloso equipo, por su energía, su apoyo constante y su amistad.
A Sandy Montang y al capítulo de Omaha de las Sisters in Crime, por su inspiración.
Y, una vez más, a todos los compradores de libros, libreros y lectores, por hacer sitio a una nueva voz en sus listas, estanterías y hogares.
Gracias en especial a todos mis amigos y familiares por su cariño y apoyo, y en particular a las siguientes personas:
A Patti El-Kachouti, Jeanie Shoemaker Mezger y John Mezger, LaDonna Tworek, Kenny y Connie Kava, Nicole Friend, Annie Belatti, Ellen Jacobs, Natalie Cummings y
