Apretó el cañón del rifle contra su mejilla; su frío metal le pareció sedante, tranquilizador.

Matar o morir.

Sí, esas palabras sí las entendía. En ellas aún podía creer. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que el yeso se desmoronara entre su pelo. Sus fragmentos le recordaron de nuevo a insectos, a piojos escarbando en su grasiento cuero cabelludo. Cerró los ojos y deseó desconectar su mente. ¿Por qué había tanto silencio? ¿Qué coño estaban haciendo ahí fuera? Contuvo el aliento y escuchó.

La bomba del rincón goteaba. En alguna parte un reloj marcaba los segundos. Fuera, una rama arañaba el tejado. Sobre su cabeza una áspera brisa otoñal entraba por las grietas de la ventana, arrastrando el aroma de las agujas de los pinos y el ruido de las hojas secas que volaban a ras de tierra como un traqueteo de huesos en una caja de cartón.

Es lo único que queda. Sólo una caja de huesos.

Huesos y una vieja camiseta gris. La camiseta de Justin. Eso era todo lo que quedaba de su hermano. El Padre le había dado la caja y le había dicho que Justin era fuerte. Pero que su fe no lo era. Eso era lo que ocurría cuando no se tenía fe.

Eric no podía desprenderse del recuerdo de aquellos huesos blancos, mondados por los animales salvajes. No soportaba pensar en ello: en los osos o los coyotes (o tal vez ambos), gruñendo y luchando por la carne hecha jirones. ¿Cómo podía soportar la culpa? ¿Por qué lo había permitido? Justin había ido al complejo para intentar salvarlo, para convencerlo de que se marchara, y ¿qué había hecho él a cambio? Jamás debería haber permitido que el ritual de iniciación tuviera lugar. Debería haber escapado mientras Justin y él tenían aún una oportunidad. Ahora ¿qué oportunidad tenía? Lo único que le quedaba de su hermano pequeño era una caja de cartón llena de huesos. El recuerdo le hizo correr un escalofrío por la espalda. Se lo sacudió de encima y abrió los ojos para ver si alguien lo había notado, pero sólo descubrió que la oscuridad se había tragado el interior de la cabaña.



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