
– ¿Qué está pasando? -rechinó una voz.
Eric se levantó de un salto, se agachó y colocó el rifle en posición. Distinguía entre las sombras los movimientos sobresaltados y automáticos de los otros, el pánico que repicaba en metálico ritmo a medida que posicionaban sus armas.
– David, ¿qué está pasando? -preguntó de nuevo aquella voz, esta vez más suave y acompañada de un chisporroteo eléctrico.
Eric se permitió respirar y volvió a deslizarse hasta el suelo, pegado a la pared, mientras veía cómo se acercaba David a gatas a la radio, situada al otro lado de la habitación.
– Todavía estamos aquí -murmuró David-. Nos tienen…
– No esperéis -lo interrumpió una voz-. María se reunirá con vosotros dentro de quince minutos.
Hubo una pausa. Eric se preguntó si a los demás también les parecían absurdas las palabras del Padre. O, en todo caso, ¿le parecerían extrañas o intolerables a cualquiera que pudiera escucharlas? Oyó que David giraba los botones sin vacilar para cambiar la frecuencia de la radio al canal 15.
La habitación quedó en silencio otra vez. Eric vio que los otros iban acercándose a la radio, que esperaban, ansiosos, instrucciones o quizás una intervención divina. David también parecía hallarse a la espera. Eric deseó poder verle la cara. ¿Estaba tan asustado como los demás? ¿O seguiría desempeñando su papel de valeroso líder de aquella misión chapucera?
– David -croó la voz de la radio; el canal 15 de la radiofrecuencia tenía interferencias.
– Estamos aquí, Padre -contestó David con un inconfundible temblor en la voz, y a Eric le dio un vuelco el estómago. Si David tenía miedo, las cosas estaban peor de lo que creía.
