Los focos inundaron de nuevo la casucha.

Todos ellos se desbandaron como ratas, pegándose a las sombras. Eric se apoyó el rifle en la rodilla y se deslizó hasta el suelo. Se le había puesto la piel de gallina. El cansancio le erizaba los nervios. El corazón le martilleaba contra las costillas y le hacía difícil respirar.

– Aquí vamos otra vez -masculló al tiempo que el altavoz comenzaba a bramar otra vez.

– No disparéis. Soy el agente especial Richard Delaney, del FBI. Sólo quiero hablar con vosotros, a ver si podemos resolver este malentendido con palabras y no con balas.

A Eric le dieron ganas de reír. Más gilipolleces. Pero la risa exigía moverse, y en ese momento su cuerpo permanecía paralizado contra la pared. El único movimiento que registraba era el temblor de sus manos, aferradas al rifle. Él apostaba por las balas. Nada de palabras. Ya no.

David se apartó de la radio y se acercó a la ventana delantera, con el rifle colgando del costado. ¿Qué demonios iba a hacer? Eric vio su cara a la luz de los focos, y su expresión apacible le causó una nueva oleada de terror.

– No permitáis que os atrapen vivos -rechinó la voz del Padre por encima del chisporroteo de la electricidad estática-. Sois héroes, bravos guerreros. Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

David siguió caminando hacia la ventana como si no lo oyera, como si se hubiera vuelto sordo. Hipnotizado por la luz cegadora, se quedó allí parado, su alta y flaca figura envuelta en un halo, y Eric pensó en las estampas de santos de su catecismo.

– Denos un minuto -le gritó David al agente-. Luego saldremos, señor Delaney, y hablaremos. Pero sólo con usted. Con nadie más.



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