– ¿Cuál es la situación?

– Estamos rodeados. Aún no ha habido disparos -David hizo una pausa para toser, como si quisiera escupir su miedo-. Me temo que no queda más remedio que rendirse.

Eric sintió una oleada de alivio. Luego recorrió rápidamente la cabaña con la mirada, y se alegró de que el embozo de la penumbra ocultara a los demás su alivio y su traición. Dejó a un lado el rifle. Permitió que sus músculos se relajaran. Rendirse, sí, claro. Era su única salida. Pronto acabaría la pesadilla.

Ni siquiera recordaba cuánto había durado. Durante horas había bramado fuera un altavoz. Los focos anegaban la casucha con una luz cegadora. Mientras tanto, en la radio, la chirriante voz del Padre les recordaba que debían ser valientes. Ahora Eric se preguntaba si quizá no era muy fina la línea que separaba la valentía de la estupidez.

De pronto se dio cuenta de que el Padre tardaba en contestar. Sus músculos se tensaron. Contuvo el aliento y aguzó el oído. Fuera crujían las hojas. Había movimiento. ¿O acaso le estaba jugando una mala pasada su imaginación? ¿Habría dado paso el cansancio a la paranoia?

Entonces el Padre susurró:

– Si os rendís, os torturarán -sus palabras eran lúgubres, pero su voz sonaba serena y tranquilizadora-. No permitirán que sigáis vivos. Acordaos de Waco. Acordaos de Ruby Ridge -guardó entonces silencio, mientras los demás aguardaban en vilo, esperando instrucciones o, al menos, alguna palabra de aliento. ¿Dónde estaban aquellas palabras poderosas que podían sanar y proteger?

Eric oyó un crujir de ramas. Asió su rifle. Los demás, que también lo habían oído, gatearon y se arrastraron por el suelo de madera para ocupar sus puestos.

Eric aguzó el oído, a pesar del molesto redoble de su corazón. El sudor le corría por la espalda. Le temblaban tanto los dedos que los apartó del gatillo. ¿Habrían ocupado sus posiciones los francotiradores? O, peor aún, ¿se estaban preparando los agentes para prenderle fuego a la cabaña, como habían hecho en Waco? El Padre les había avisado sobre las llamas de Satán. Con todo el explosivo que guardaban en el zulo, bajo el suelo, aquello se convertiría en un infierno en cuestión de segundos. No habría escapatoria.



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