
– Oh madre mía… -Ella tembló cuando él encontró su clítoris y lo sacó jugueteando de su capucha con suaves revoloteos. Acarició el haz de nervios, arriba y abajo, con su lengua moviéndose sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Tras cerrar los ojos Sam se deleitó en el momento, se preguntó si estaba soñando y esperó que, si era así, no se despertara sin tener un orgasmo primero.
– Hazme correrme así -suplicó ella.
Las pocas veces que sus compañeros anteriores habían tenido sexo oral con ella, habían atacado su sexo como bestias devoradoras, precipitándose para pasar de las caricias preliminares e ir directamente a la penetración. Rick, sin embargo, la lamía con notable ternura, besándola primero suavemente con sus labios, su lengua y sus dientes hasta volverla loca. Ella se retorcía bajo él, su piel se calentaba antes de evaporar el sudor. Todo dolía y quemaba. Sus piernas temblaron cuando las hebras sedosas de su cabello se frotaron contra la parte interior de sus muslos.
Tras tender sus manos hacia él Sam enredó los dedos en sus mechones oscuros y lo atrajo más cerca, alzándose para igualar su ritmo sin prisa. Él zumbó suavemente, su lengua delineó y se hundió en las cremosas profundidades de su vagina, entrando y saliendo, hasta que su corazón pareció que reventaría.
– ¡Rick! -gritó ella a punto de perder el sentido por la necesidad de correrse.
El gruñido de él fue bajo y atormentado, la vibración subió por su cuerpo y goteó en sus pezones. Estos se alzaron doloridos y Sam liberó la cabeza de él para acunar sus senos y apretarlos, tratando de aliviar su tormento.
– Déjame -murmuró él contra su carne resbaladiza, haciendo a un lado las manos de ella. Hizo rodar sus pezones entre las expertas puntas de los dedos, tirando de ellos de una forma que hizo que su matriz se contrajera desesperadamente-. Tú simplemente túmbate ahí y córrete.
Iba a hacerlo, no podía pararlo, sus caderas empujaban su sexo contra la lengua que la penetraba, igualando su ritmo.
