
– ¿Estás seguro de que me quieres a mí? -Mortificada por haber hablado alocadamente en voz alta, Sam se golpeó en la frente. Solo ella criticaría la oportunidad que se da una vez en la vida de liarse con el hombre más ardiente que hubiera visto nunca.
– Sí, estoy seguro de que te quiero a ti, y no te preocupes de que las cosas sean extrañas. Ambos somos adultos. Podemos permitirnos algo de sexo sin ataduras y sin compromisos.
Temerosa de abrir la boca de nuevo Sam solo asintió. Realmente era la única clase de sexo que conocía. Además, podía asegurar con todo convencimiento que no iba a decir: «No, gracias. Mi vibrador servirá.»
Él asió el cierre del traje plateado de ella y lo bajó hasta el final, yendo él detrás.
Sostuvo el dobladillo en cada tobillo y contempló con mirada ardiente cómo ella liberaba sus piernas, pero cuando intentó quitarse las mangas la detuvo.
– Déjate puesta esa parte.
– Esto… seguro. -Ella no sabía por qué quería que dejara el traje bajo ella pero no iba a quejarse. Él podría despertarse y darse cuenta de que ella solo era una bibliotecaria aburrida.
– Por los dioses -suspiró él mientras las callosas puntas de sus dedos vagaban sobre el estómago de ella.
– ¿Cómo ocultaste todas esas curvas bajo tu traje?
Ella bajó la vista por su torso hacia él y descubrió sorprendida que parecía mortalmente serio. Y también lleno de lujuria.
Sus dedos rozaron entre las piernas de ella.
– No tienes vello.
– Sí… ¿Está bien?
– ¿Bien? Joder, me pone cachondo como un demonio.
– ¿En… en serio?
Pero él no podía responder porque su cabeza estaba enterrada entre sus muslos.
Con un grito sobresaltado ella se arqueó contra su boca, la lisura de su traje se deslizó sobre la madera y la empujó hacia él. Rick gruñó y asió sus caderas, extendiéndola más, abriéndola a los lametones hambrientos de su talentosa lengua.
