
Besos agradecidos llovieron por sus cejas y sienes. Él logró una sonrisa dolorida, que hizo que su corazón diera un vuelco.
– No puedo recordar la última vez que estuve tan duro.
– Estás bromeando. -Aunque secretamente ella esperaba que fuese cierto. Si se volvía más grande no habría forma de que cupiera.
– Ojalá fuera así. Temo moverme, creo que me correré.
– Adelante -le animó ella, queriendo eso desesperadamente-. Yo ya he tenido lo mío. Tú puedes tener lo tuyo.
Dejó caer la cabeza y capturó su boca. La besó suavemente, dulcemente, su lengua se frotó contra la de ella y la saboreó con profundos lametones. Sus labios eran firmes, su habilidad clara. Como quería más ella gimió de protesta cuando él se retiró.
– Eres perfecta -murmuró él.
El escepticismo de ella debió de haberse mostrado en su rostro.
– ¿No me crees? -Él echó sus caderas hacia atrás y sacó su pesado pene de ella. Ella observó, húmeda de deseo, mientras los músculos de su estómago se dibujaban tensos y él volvía a entrar en ella.
– No hay problema -susurró ella, con la garganta apretada por la visión más erótica que había tenido nunca-. Simplemente estoy contenta de haber estado por aquí cuando estabas excitado.
Él gruñó en su siguiente empuje perfecto hacia abajo.
– Bueno. Piensa lo que quieras. En una semana tu vagina se habrá adaptado a la forma de mi pene, entonces me creerás.
Su vagina se apretó fuertemente ante sus palabras. Como respuesta él agarró sus hombros y la penetró más fuerte, con sus caderas alzándose y bajando infatigablemente.
– ¿Te gusta esa idea? -Los labios de él tocaron su oído. Su respiración laboriosa hizo que se doliera por correrse de nuevo-. Voy a follarte en cada momento en que estés despierta. Voy a dormir con mi pene dentro de ti. Voy a empaparte con mi pene hasta que te gotee.
– ¡Rick!
– Chica traviesa -gruñó él-. ¿Te encantan unas cuantas palabras sucias con el sexo, verdad?
