Tras apartar una guedeja de pelo suelto de su cara, Sam se puso en pie y comenzó a caminar. Mientras no mirara esa cara impresionante podría conservar el sentido. Su pelo oscuro, piel bronceada y ojos como el Océano Laruviano ya eran suficientemente malos. Cuando le añadías unos amplios hombros, caderas estrechas y un abultamiento cubierto por piel de animal, tenía un sueño húmedo viviente sentado justo en su oficina.

Rick Bronson se rió entre dientes y el cálido sonido de diversión hizo que su matriz se contrajera.

– Todo lo que hace un mercenario lo hace por créditos. La caza de tesoros es una caza de créditos.

Bastante fácil de entender.

– ¿Pero por qué este tesoro en particular?

– Vale una fortuna.

– Se rumorea que vale una fortuna. Igual que se rumorea que existe. Lo más probable es que esté malgastando su tiempo. -Se arriesgó a lanzarle una mirada ladeada y su corazón se saltó un latido ante su suave sonrisa-. Parece un tesoro extraño para que lo cace un hombre. ¿Por qué no la Copa Draken? ¿O la Piedra Sariana? ¿Por qué libros electrónicos eróticos?

– Esa es una pregunta tonta. -La curva de sus labios se agudizó-. Sabe cuánto valen esas historias de Romantica

Sam suspiró con deseo.

– Ahora que la prohibición ha sido revocada, el encontrar esas historias no solo devolvería tesoros literarios a la gente, sino que ayudaría a levantar la represión sexual que nos ha sofocado tanto tiempo.

– Parece una mujer que aprecia lo erótico -ronroneó Rick. Se puso en pie y fue hacia ella, con paso lento y lleno de promesas seductoras. La pistola de rayos atada a un muslo y la espada láser atada al otro solo enfatizaban lo peligroso que era. Contra el telón de fondo de su pequeña oficina era aún más intimidante. Y tentador.



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