Cerniéndose sobre ella alzó una mano para tocar su pelo. Sam podría jurar que sintió ese toque hasta la punta de los pies, y golpeó todas las zonas erógenas hasta llegar abajo.

– ¿Qué es esto? -preguntó él pasando su mano por el apretado moño en la parte superior de su cabeza.

– ¿Hum? -Maldición, también olía bien. Hoy en día los droides hacían todo, volviendo blandos a muchos hombres. Rick era todo dureza. Su mirada bajó.

Sip. Dureza por todas partes.

Él dio un tirón rápido y el pelo cayó sobre sus hombros en un revoltijo salvaje.

– ¡Oiga! -protestó ella e intentó agarrar su mano. Él se movió demasiado rápido y mantuvo su horquilla en lo alto, fuera de su alcance.

– ¿Qué es esto que tenía en el pelo? -repitió él contemplándola.

Ella arrugó la nariz.

– El estilo para mi lector de libros electrónicos.

Los ojos de él se abrieron desmesuradamente.

– ¿Tiene un lector de libros electrónicos que funciona? -Bajó la mano y metió el estilo en el bolsillo.

– Devuélvame eso -espetó ella, mientras se apartaba el pelo de la cara y se lo enroscaba en un rodete-. ¿Sabe lo difícil que es encontrar esas cosas en el mercado negro?

– Sabe que puede operarlo con el dedo -ofreció el amablemente.

Por inocente que fuera la frase, el hecho de que viniera de un hombre con ese aspecto le añadía una dimensión sexual. Sam enrojeció tanto que sintió como si su rostro estuviera en llamas.

– Oh… -Las dos cejas negras se alzaron cuando él se dio cuenta-. Es una bibliotecaria traviesa. Apuesto a que con una colección secreta de libros electrónicos eróticos. Y no le voy a devolver esto. -Él alejó su mano codiciosa-. Se lo pondría de nuevo en el pelo.

– ¡No puedo trabajar con el pelo cayéndome en la cara!

– Y yo no puedo trabajar con todo su pelo remilgado y atado de esa forma. Es molesto -Él se alejó.



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