Se inclinó sobre su escritorio y le tendió la mano.

– Buen intento, Annabelle. Gracias por su tiempo.

No estaba dispuesto a darle una oportunidad. Nunca había estado dispuesto a hacer nada más que cumplir con el guión para contentar a Molly. Annabelle pensó en el esfuerzo que le había supuesto llegar allí, los veinte pavos que le costaría sacar a Sherman del parking, el tiempo que había dedicado a averiguarlo todo acerca del exitoso pueblerino de treinta y cuatro años de edad que tenia ante sí. Pensó en las esperanzas puestas en ese encuentro, en su sueño de hacer de Perfecta para Ti una empresa única y prestigiosa. Varios años de frustración alimentada por juicios estúpidos, mala suerte y oportunidades perdidas empezaron a hervir en su interior.

Se puso en pie de un salto sin responder a la mano tendida, e inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

– ¿Recuerda aún lo que era ser rechazado, señor Champion, o fue hace mucho tiempo? ¿Recuerda cuando tenía tantas ansias por cerrar un trato que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por conseguirlo? Conducir toda la noche para desayunar con un candidato al Heisman. Pasar horas y horas en el aparcamiento del campo de los Bears tratando de atraer la atención de alguno de los veteranos. ¿Y cuando se levantaba de la cama aunque estuviera con un resfriado galopante para pagar la fianza del cliente de otro agente?

– Veo que ha hecho sus deberes. -Dirigió una mirada impaciente a los parpadeantes botones del teléfono, pero no la echó, así que ella siguió hablando.

– Cuando empezó en este negocio, jugadores como Kevin Tucker no tenían tiempo para concederle una entrevista. ¿Recuerda cómo se sentía? ¿Recuerda cuando los periodistas no lo llamaban para pedirle información confidencial? ¿Cuando no llamaba por su nombre de pila a todo el que es alguien en la Liga Nacional de Fútbol?

– Si le digo que me acuerdo, ¿se irá? -Cogió los auriculares abandonados junto al teléfono.



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