
Annabelle apretó los puños con la esperanza de sonar más apasionada que chiflada.
– Lo único que quiero es una oportunidad. La misma oportunidad que usted tuvo cuando Kevin rompió el contrato con su agente y puso su carrera en manos de un enteradillo en deportes que hablaba muy deprisa y se había abierto camino desde un pueblucho insignificante del sur de Illinois hasta la Facultad de Derecho de Harvard.
El volvió a sentarse en su sillón, con una ceja ligeramente enarcada.
– Un muchacho de origen humilde que jugaba al fútbol para ganarse la beca universitaria, pero que confiaba en su cerebro para salir adelante. Un chico con grandes sueños y una sólida ética de trabajo como única carta de presentación. Un joven que…
– Deténgase antes de que me salten las lágrimas -la interrumpió en tono seco.
– Sólo le pido una oportunidad. Déjeme organizar un encuentro. Uno solo. Si no le gusta la mujer elegida, no volveré a molestarlo más. Por favor. Haré lo que sea.
Estas últimas palabras atrajeron su atención. Puso a un lado los auriculares, inclinó el sillón hacia atrás y se frotó la comisura de los labios con el pulgar.
– ¿Lo que sea?
Annabelle sostuvo la mirada escrutadora.
– Lo que haga falta -dijo.
La mirada siguió un calculado recorrido desde la despeinada cabellera roja hasta la boca, y luego descendió por el cuello hasta los pechos.
– Bueno, hace mucho que no echo un polvo.
Notó cómo se le relajaban los músculos del cuello. La Pitón estaba jugueteando con ella.
– Entonces, ¿por qué no le buscamos una solución permanente? -Cogió su bolso de piel de imitación y sacó la carpeta con el material que había terminado de preparar a las cinco de la mañana-. Aquí encontrará más información sobre Perfecta para Ti. He incluido nuestra declaración de principios, un programa y nuestro esquema de precios.
