Prefería llevar el pelo corto para mantenerlo bajo control, pero sus mechones rizados le daban un aspecto de estudiante de primer año de universidad antes que de profesional seria, de modo que había decidido hacer de tripas corazón y dejárselo crecer. No era la primera vez que deseaba tener ahorrados quinientos dólares para que se los alisara un profesional, pero ni siquiera podía pagar los gastos de casa.

Guardó los pendientes de perlas de Nana en una cajita Altoids y tomó un trago de agua tibia de uno de los botellines que había desenterrado del asiento trasero de Sherman. Solía tener el coche bien abastecido: snacks y botellas de agua; compresas y artículos de tocador; sus nuevos folletos y tarjetas de visita; unas mancuernas por si le entraban ganas de hacer ejercicio, lo que rara vez ocurría, y, desde hacía poco, una caja de preservativos en caso de que alguno de sus clientes sintiera de pronto una necesidad imperiosa, si bien Ernie Marks y John Nager no eran, precisamente, hombres impulsivos. Ernie era el director de una escuela de enseñanza primaria, cariñoso con los niños pero inseguro con las mujeres, y John el hipocondríaco era incapaz de echar un polvo sin hacer que su pareja se sometiese a todas las pruebas pertinentes en la Clínica Mayo.

De una cosa estaba segura: nunca se vería en la tesitura de tener que darle condones de emergencia a Heath Champion. Un hombre como él iba siempre preparado.

Frunció la nariz. Había llegado la hora de sobreponerse a sus antipatías. Deba igual que fuera prepotente y autoritario, además de demasiado rico y exitoso para su propio bien. Era la clave de su futuro económico. Si quería que Perfecta para Ti saliese adelante como un servicio matrimonial especializado de alta categoría, tenía que conseguirle una esposa. Si se la conseguía, la noticia se propagaría y Perfecta para Ti se convertiría en la empresa matrimonial de moda en Chicago. Algo de lo que distaba mucho de ser en la actualidad, porque heredar el negocio de su abuela también había supuesto heredar los clientes que le quedaban. Aunque Annabelle hacía lo posible por honrar la memoria de Nana, había llegado la hora de dar el salto.



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