
Después de divertirse un poco, volvió a los negocios.
– Me interesan los resultados, no las declaraciones de principios.
– Y eso es lo que obtendrá.
– Veremos.
Ella tomó aire con dificultad.
– ¿Quiere decir que…?
Él cogió el auricular del teléfono y se lo pasó alrededor del cuello, dejando que el cable colgara sobre la camisa como una serpentina.
– Tiene una oportunidad. Mañana por la noche. Presénteme a su mejor candidata.
– ¿De verdad? -Se le aflojaron las rodillas-. ¡Fantástico! Pero…, necesito aclarar qué busca exactamente.
– Demuéstreme lo buena que es. -Volvió a coger el auriculares-. A las nueve en el Sienna's, en Clark Street. Preséntenos, pero no nos deje solos. Siéntese a la mesa con nosotros y mantenga viva la conversación. Trabajo muy duro en lo mío. No tengo ganas de hacerlo también en esto.
– ¿Quiere que me quede?
– Veinte minutos exactamente. Luego llévesela con usted.
– ¿Veinte minutos? ¿No cree que lo puede encontrar un poco… ofensivo?
– No si es la mujer adecuada. -Le dedicó su sonrisa de chico de pueblo-. ¿Y sabe por qué, señorita Granger? Porque la chica adecuada es demasiado dulce para sentirse ofendida. Ahora márchese de aquí antes de que me arrepienta.
Lo hizo.
***
Cuando entró en el lavabo del McDonald's, Annabelle ya había dejado de temblar. Se puso unos pantalones capri, una camiseta sin mangas y unas sandalias. La experiencia vivida no había hecho sino reforzar su fobia a las serpientes. Pero otras mujeres no se llevarían la misma impresión de Heath Champion. Era rico, tenía éxito y estaba como la gloria, lo que lo convertía en el partido de ensueño, siempre y cuando no diese un susto de muerte a las mujeres con las que se citara, lo que constituía una posibilidad nada desdeñable. Lo único que tenía que hacer era encontrar a la mujer adecuada.
Se recogió el pelo que caía desordenado sobre la cara con un par de pasadores.
