Si bien no ocultaba sus raíces de chico del campo -alardeaba de ellas cuando le convenía-, evitaba que nadie viera la cantidad de tierra que aún había adherida a esas raíces. Vestía la ropa más cara, conducía los mejores coches, vivía en la mejor zona de la ciudad. Sabía distinguir un buen vino, a pesar de que rara vez lo bebía; entendía de bellas artes en términos académicos, si no estéticos, y no necesitaba un manual de buenas maneras para identificar un tenedor para pescado.

– Ya sé cuál es tu problema -dijo Sean con una mirada maliciosa-. Las chicas de aquí no tienen suficiente clase para el señor Ivy League. A vosotros los pijos os gustan las mujeres con monogramas elegantes tatuados en el culo.

– Sí, para que hagan juego con la grande y elegante H de Harvard que llevo tatuada en el mío.

Sean se echó a reír, y las mujeres se volvieron hacia ellos para averiguar qué le había causado tanta gracia. Unos años atrás, Heath habría disfrutado de su sexualidad predatoria. Las mujeres se sentían atraídas por él desde que era un chiquillo. A los trece años fue seducido por una de las novias de su padre. Ahora sabía que había sido objeto de abuso sexual, pero por aquel entonces lo ignoraba, y se había sentido tan culpable que vomitó por temor a que su padre lo descubriera. Un episodio sórdido más en una infancia plagada de ellos.

La mayor parte de los restos de esa infancia había quedado atrás, y lo demás desaparecería cuando encontrara a la mujer ideal. O cuando Portia Powers la encontrara para él. Después de pasar el último año buscando por su cuenta, llegó a la conclusión de que no encontraría a la mujer de sus sueños en los bares y clubes nocturnos que frecuentaba durante su tiempo libre. Aun así, nunca se le habría ocurrido contratar una agencia matrimonial de no haber topado con un elogioso artículo sobre Powers en la revista Chicago. Sus impresionantes conexiones y su formidable historial eran exactamente lo que necesitaba.



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