
– ¿Y qué hay de eso que cuentan por ahí de que últimamente pasas de las mujeres? Hoy todas las chicas están hablando de ti. Se sienten abandonadas, ¿sabes?
No tenía sentido explicarle a un muchacho de veintidós años con fajos de billetes de cien dólares en cada bolsillo que ese juego ya le estaba cansando.
– He estado ocupado.
– ¿Demasiado ocupado para los coñitos?
Sean parecía tan genuinamente atónito que Heath no tuvo más remedio que reírse. Y, a decir verdad, al chico no le faltaba razón. Dondequiera que mirara veía pechos turgentes apenas disimulados por escotes profundos y faldas cortas marcando las curvas de extraordinarios traseros. Pero quería algo más que sexo. Quería el premio gordo. Una mujer refinada, hermosa y dulce. Se imaginó a su esposa de noble cuna, esbelta y hermosa, la calma en medio de su tormenta. Siempre estaría allí para él y limaría sus asperezas. Una mujer que le hiciera sentir que había conseguido todo lo que siempre soñó. Excepto jugar para los Dallas Cowboys.
Se sonrió ante la fantasía de su niñez. A la que tuvo que renunciar, junto con su plan de adolescente de follarse a una estrella del porno distinta cada noche. Había entrado en la Universidad de Illinois con una beca de fútbol y había jugado los cuatro años como titular. Pero durante el último curso tuvo que hacerse a la idea de que nunca pasaría de formar parte del banquillo para los profesionales. Incluso entonces supo que no podía dedicar su vida a algo en lo que no fuera el mejor, de modo que encaminó sus sueños en otra dirección. Había obtenido las mejores notas en los exámenes para la carrera de Derecho, y un ex-alumno de la Universidad de Illinois movió unos cuantos hilos para facilitar su ingreso en Harvard. Heath aprendió a combinar su cerebro, lo que había aprendido en la calle y su habilidad camaleónica para adaptarse a cualquier ambiente: un tugurio, un vestuario, la cubierta de un yate privado…
