
Profirió una exclamación de disgusto y extendió el brazo hasta otro extremo del largo asiento frontal, sólo para dejar caer el bolso en el Gran Cañón de los bajos. El semáforo de Halsted y Chicago se puso en rojo. Annabelle sintió que el cabello se le estaba pegando a la nuca y cada vez había más rizos sueltos. Intentó practicar su respiración yoga, pero sólo había asistido a una clase y no sirvió de nada. ¿Por qué Ratón tuvo que elegir justamente ese día, en que el futuro financiero de Annabelle estaba en juego, para dormir la mona bajo su coche?
Entró lentamente en el Centro. Las 10.59. Otro tramo en obras. Pasó junto al Daley Center. No tuvo tiempo para su práctica habitual de patrullar las calles hasta encontrar una plaza con parquímetro lo suficientemente grande para Sherman. En lugar de eso se metió en el primer párking (exorbitantemente caro) que encontró, arrojó las llaves del coche al encargado y salió a la calle a la carrera.
Las 11.05. No hacía falta entrar en estado de pánico. Sencillamente explicaría lo de Ratón. Sin duda, la Pitón lo entendería.
O no.
Una ráfaga de aire acondicionado la golpeó al entrar en el vestíbulo de un imponente edificio de oficinas. Las 11.08. El ascensor estaba felizmente vacío, y oprimió el botón de la decimocuarta planta.
«No dejes que te intimide -le había dicho Molly por teléfono-. La Pitón se alimenta del miedo.»
Para ella era fácil decirlo. Molly tenía una vida envidiable, con un atractivo jugador de fútbol americano por marido, una magnífica carrera y dos hijos adorables.
