
Las puertas se cerraron. Annabelle se vio a sí misma en la pared espejada e hizo una mueca de disgusto. Su traje de seda cruda se había convertido en una masa informe de arrugas de color amarillo pálido, la falda estaba sucia por un lado y la marca de barra de labios de la solapa llamaba la atención como un cartel luminoso. Y lo peor de todo era que su pelo se estaba liberando, rizo por rizo, del fijador; los mechones que se soltaban caían sin vida a los lados de la cara como los muelles de un colchón arrojados por la ventana de un tugurio y abandonados a la voracidad del óxido en un callejón.
Por lo general, cuando le disgustaba su aspecto -que incluso su propia madre describía como «mono»-, se decía a sí misma que debía sentirse agradecida por unos rasgos nada desdeñables: unos bonitos ojos color miel, pestañas gruesas y un cutis suave con una decena de pecas más o menos. Pero ninguna dosis de pensamiento positivo podía evitar que la imagen que le devolvía el espejo la horrorizara. Se puso a ocultar un par de rizos detrás de las orejas y a alisar la falda, pero las puertas del ascensor se abrieron antes de que consiguiera reparar al menos una parte del estropicio.
Las 11.09.
Delante de ella había una pared de cristal en la que, con letras doradas, rezaba: CHAMPION. GESTIÓN DEPORTIVA. Recorrió deprisa el pasillo alfombrado y abrió una puerta con asa de metal. En la zona de recepción había un sofá de piel y sillones a juego, fotos de ocasiones deportivas enmarcadas y un televisor de pantalla grande en el que se veía un partido de béisbol sin sonido. La recepcionista tenía el cabello corto de un gris acerado y unos labios muy finos. Reparó en el aspecto descuidado de Annabelle a través de unas gafas de lectura metálicas de color azul.
– ¿En qué puedo ayudarla?
– Soy Annabelle Granger. Tengo una cita con la Pi… Con el señor Champion.
– Me temo que llega tarde, señorita Granger.
– Sólo diez minutos.
