La puerta se abrió a su espalda y la recepcionista entró precipitadamente.

– Lo siento, Heath. Se me ha colado.

La Pitón se volvió lentamente en su sillón, y Annabelle sintió como si le hubieran asestado un golpe en el estómago.

Tenía una mandíbula cuadrada y fuerte, y todo en él era la proclamación del hombre con arrestos que se ha hecho a sí mismo…, el tipo duro que había suspendido en seducción las primeras dos veces pero que finalmente había conseguido aprobar el tercer examen. El color de su pelo, grueso y vigoroso, era una mezcla entre portafolios de piel y botella de Budweiser. Su nariz recta transmitía confianza en sí mismo, y sus cejas oscuras, audacia. Una de ellas estaba hendida cerca del extremo por una fina cicatriz pálida. Las líneas bien perfiladas de sus labios sugerían escasa tolerancia con la gente estúpida, una pasión por el trabajo duro rayana en la obsesión y, posiblemente -aunque esto último podía ser producto de su imaginación-,la determinación de poseer un pequeño chalet cerca de Saint Tropez antes de cumplir los cincuenta. De no ser por una vaga irregularidad en sus facciones, habría sido insoportablemente atractivo. En cambio, era un tipo extremadamente guapo. ¿Para qué necesitaba una casamentera un hombre así?

Sin dejar de hablar por teléfono, le dirigió una mirada. Sus ojos eran exactamente del mismo color verde que un billete de cien dólares con los bordes quemados con desagrado.

– Para eso me pagas, Jamal. -Contempló el aspecto desaliñado de Annabelle y lanzó una mirada dura a la recepcionista-. Hablaré esta tarde con Ray. Cuida ese ligamento. Y dile a Audette que le voy a enviar otra caja de grande cuvée Krug.



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