– Diez minutos era todo el tiempo que el señor Champion podía dedicarle.

Sus sospechas se vieron confirmadas. Había aceptado verla sólo porque Molly insistió, y no quería quedar mal con la esposa de su mejor cliente. Echó un vistazo desesperado al reloj de la pared.

– En realidad, sólo me he retrasado nueve minutos. Me queda un minuto.

– Lo siento. -La recepcionista le dio la espalda y empezó a teclear en el ordenador.

– Un minuto -suplicó Annabelle-. Es todo lo que pido.

– Me temo que no puedo hacer nada.

Annabelle necesitaba ese encuentro, y lo necesitaba ya. Giró sobre sus tacones y corrió hacia la puerta al otro extremo de la sala de recepción.

– ¡Señorita Granger!

Entró como una exhalación en un pasillo abierto con sendos despachos a los lados, uno de ellos ocupado por dos jóvenes con traje y corbata. Ignorándolos, se dirigió hacia una imponente puerta de caoba situada en el centro de la pared trasera y giró el pomo.

El despacho de la Pitón era del color del dinero: paredes lacadas en jade, alfombra gruesa de color musgo, y muebles tapizados en distintos tonos de verde resaltados con cojines rojo sangre. Detrás del sofá colgaba una colección de fotos periodísticas, junto con una señal en metal blanco oxidado y el nombre BEAU VISTA impreso en letras mayúsculas negras algo descoloridas. Adecuado, considerando los ventanales que dominaban el lago Michigan a la distancia.

La propia Pitón estaba sentada detrás de un elegante escritorio en forma de U, su sillón de respaldo alto orientado hacia la vista del lago. Al alcance de la mano tenía un ordenador de sobremesa de última generación, un pequeño portátil, un BlackBerry y un sofisticado teléfono negro con suficientes botones como para hacer aterrizar un Jumbo. Junto al teléfono descansaban unos cascos de ejecutivo. La Pitón hablaba directamente al auricular.

– El sueldo del tercer año parece prometedor, pero no si rescinden antes el contrato -dijo en una voz resonante y clara con acento del Medio Oeste-. Sé que es un riesgo, pero si firmas por un año podemos jugar en el mercado libre. -Annabelle sólo alcanzaba a ver una muñeca fuerte y bronceada, un reloj sólido y unos dedos largos sujetando el auricular-. En cualquier caso, eres tú quien tiene que tomar la decisión, Jamal. Lo único que puedo hacer es aconsejarte.



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