– Entonces, ¿dónde vamos a almorzar? -le preguntó a Cassie-. Estoy seguro de que debe de conocer los mejores restaurantes.

No tanto como él, ella estaba segura.

– Lo siento, Nick, tengo un compromiso a la hora del almuerzo -ella le ofreció su mano sin pensar-. Espero sinceramente que el libro le guste a su hermana.

– ¿Y qué me dice de mí? -le dijo él. Hizo un leve movimiento con el pulgar en la mano de ella, casi una caricia.

Cassie retiró la mano enseguida.

– No creo que vuelva a abrir el libro -le contestó abruptamente-. Lo dejará en un estante, y quizás ni siquiera eso. Quizás se lo regale a su secretaria en cuanto llegue a su oficina.

– No, con esa dedicatoria no sería capaz.

– ¿No le parece adecuada? Lo siento, Nick. ¿Quiere que le devuelva el dinero?

– No.

Cuando ella recogió su bolso él agregó:

– No veo la hora de leerlo más detenidamente.

– ¡Tonterías! Lo esconderá en el último cajón del escritorio y se olvidará de él para siempre. Va a ser un gasto inútil -ella abrió su cartera y sacó dinero para devolverle el precio del libro.

Nick le puso la mano encima de la de ella.

– Guarde su dinero. Le prometo que me llevaré el libro a casa esta noche y que lo estudiaré detenidamente. ¿Quién sabe? Tal vez usted me convierta y me sienta tentado de cocinar alguna vez.

– Ten cuidado de no convertirte en un fanático de las fresas, Nick-le advirtió Beth cuando le devolvió su tarjeta y le dio los libros en una bolsa-. Dale recuerdos a tu madre y no esperes al próximo cumpleaños de Helen para venir por aquí. Pasas por la puerta de la tienda todos los días.

– De acuerdo -le prometió él, mirando a Cassie, y salió.

– ¡Uf! -exclamó Cassie cuando la puerta se cerró detrás de él, agitando la mano como si se hubiera quemado los dedos.



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