
Pero sus largas piernas y su figura esbelta valían la pena el trabajo de ablandarle el corazón. Un verdadero contraste al pensar en Cassie.
– Supongo que no -dijo él-. Helen tiene cuatro hijos.
– ¿Cuatro? -preguntó Verónica sorprendida.
– Empezó muy joven. Y la última vez que quedó embarazada tuvo mellizos.
– En ese caso olvídate del cheque, simplemente quítale a los niños un rato el fin de semana, y dale un respiro a la pobre.
Él se rió. Pero recordó a Cassandra. Ella iba a llevar a sus sobrinos de camping. De pronto se la imaginó levantándose, desperezándose y luego volviendo a hacerse un ovillo en el calor del saco de dormir…
– Bueno, estoy segura de que un hombre con tu experiencia sabrá cómo lograrlo, Nick -dijo Verónica-. Conocerá algún modo de alegrarle el día a la pobre.
Nick interrumpió sus pensamientos acerca de abrazarse a Cassie y decidió dedicar toda su atención a Verónica.
Era la segunda vez que ella se refería a su hermana con ese calificativo. Le habría gustado que se atreviera a decirlo delante de Helen, su hermana la iba a poner en su lugar rápidamente.
Porque para su hermana la familia era lo más importante, mucho más que llevar una empresa. Eso no quería decir que no habría podido hacer ambas cosas si hubiera querido. Se las había ingeniado para competir en el maratón de Londres, aun rodeada de pañales y gorjeos de niños. Su papel de madre y esposa era prioritario para ella, pero no dejaba de ser una Jefferson.
– Estoy seguro de que tienes razón, Verónica -dijo cuando se abrieron las puertas del ascensor-. Pensaré en algo. Todas las mujeres tienen alguna debilidad -dijo Nick. Y seguramente Verónica tendría la suya.
En cuanto a la idea de Verónica de darle dinero a su hermana, ésta le habría dicho que el dinero se entregaba a la caridad, y no a una hermana, quien se merecía más dedicación.
