Sabía que no podía invitarla a cenar como lo habría podido hacer con cualquier otra empleada nueva. Muchos de sus compañeros habían cometido ese error, y ella les había contestado que no, sin molestarse siquiera en poner una excusa.

¿Sería que ella no mezclaba el placer con los negocios? ¿O estaría esperando a que se lo ofreciera el heredero del imperio de Deportes Jefferson?

Verónica lo saludó al entrar en el ascensor con él.

– Hola, Nick -aquél era el tono más personal al que podía llegar la conversación de Verónica.

– Verónica -contestó él distraídamente.

No la dejó pasar primero porque estaba seguro de que a ella no le habría gustado aquel comportamiento que daba por hecho que había un sexo débil.

– ¿Qué tal, Nick? Pareces preocupado.

– ¿Sí? ¡Oh, no! Es el cumpleaños de mi hermana la semana que viene. Acabo de comprarle un libro de cocina…

– Me he enterado de que Cassandra Cornwell firmaba los ejemplares.

– Bueno, sí, éste es el regalo predecible. Ahora tengo que pensar en un regalo más especial.

– Envíale un cheque.

– ¿Un cheque? -él pensó que realmente sería una sorpresa para su hermana-. ¿No es un poco impersonal?

– Pero muy fácil. Y ahorra tiempo, transporte y zapatos. Créeme, es mucho mejor recibir un cheque impersonal que recibir algo que no te guste.

Su sinceridad era refrescante, si bien no era halagüeño en cuanto al buen gusto que pudiera tener él. Pero era la conversación más larga que habían tenido, desde que se había mudado a la oficina enfrente de la de él, al margen de las de marketing, claro.

– Es una idea tentadora, pero no creo que encaje muy bien con Helen. A las hermanas pequeñas les gusta que las malcríes un poco.

– ¿Sí? -lo miró intensamente-. No puede ser muy niña.

Él se encogió de hombros. Era una mujer dura. No se conmovía en absoluto por la preocupación suya de comprar un regalo para su hermana.



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