Si se le hubiera ocurrido imaginarse a Cassandra Cornwell habría pensado en una mujer de mediana edad, con canas, robusta y de mejillas coloradas, y mandona. Pero no era así. Tenía una piel clara traslúcida, cejas tupidas, unos ojos que parecían sonreír incluso cuando intentaban no hacerlo, y un pelo oscuro y sedoso, a punto de soltarse, de escaparse de un peinado que procuraba darle un aspecto cuidado y ordenado.

Además tenía una boca muy dulce, igual de risueña que sus ojos. Él sintió unas desconcertantes ganas de besarla. Seguramente sabría igual que las fresas que había robado una vez, de niño, del jardín de la cocina de su madre.

– … y ya sabes cuánto le gusta cocinar a Helen -dijo Nick, terminando la frase.

– No sé si me gustaría que me regalasen un libro de cocina para mi cumpleaños -dijo Beth, siguiéndolo hacia el almacén-. Pero no voy a rechazar el dinero de un cliente, especialmente uno como tú. Cassie, ¿conoces a Nick Jefferson? -Beth le hizo señas por detrás de él, señalando el bloque de oficinas de la planta de arriba, indicándole que se trataba de ese Jefferson.

Cassie intentó no reírse mientras Beth continuaba la pantomima, señalando su alianza y agitando su cabeza, y representando una escena dramática que Cassie interpretó como que él era el tipo de hombre por el que cualquier chica se moriría.

Probablemente Nick sospechó que pasaba algo a sus espaldas porque empezó a darse la vuelta. Pero entonces Cassie alargó la mano y dijo:

– No, no nos conocemos.

– ¿Cómo es posible? -dijo él, tomando la mano de ella tiernamente. Sus largos dedos rozaron la muñeca de Cassie-. Si vive en Melchester…

Cassie pestañeó. Era increíble la facilidad con que flirteaba.

– Es un lugar muy grande, señor Jefferson -dijo Cassie. Además ella evitaba ir a actos sociales.



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