El día era glorioso, sin lluvia ni nubes. Tan solo una brisa procedente del este, un cielo azul lechoso y el sol que se reflejaba en el marco oval de una foto, colgada de una cadena de plata del retrovisor de la camioneta.

– Un día maravilloso, Majestad -dijo Martin a la fotografía-. Una hermosa mañana, ¿no os parece? ¿Oís eso? Es el cucú otra vez. Y allí…, una de esas alondras vuelve a cantar. Un sonido bonito, ¿verdad? El sonido de la primavera, sí señor.

Desde hacía mucho tiempo, Martin tenía la costumbre de charlar amigablemente con la fotografía de la reina. No lo consideraba extraño. Era el monarca del país y, en su opinión, nadie podía apreciar más la belleza de Inglaterra que la mujer sentada en su trono.

No obstante, sus conversaciones diarias abarcaban otros temas, además de la evaluación de la flora y la fauna. La reina era la compañera del alma de Martin, depositaría de sus pensamientos más profundos. Lo que a Martin le gustaba de ella era que, pese a su noble cuna, era una mujer muy cordial. Al contrario que su esposa, que había vuelto a nacer unos cinco años antes, a modo de piadosa venganza, por obra de un fabricante de cemento aficionado a la Biblia, la reina nunca se postraba de hinojos para rezar en mitad de uno de los escasos intentos de comunicación de Martin. Al contrario que su hijo, propenso a los silencios furtivos propios de los diecisiete años, referidos a la copulación y la musculación por igual, ella nunca rechazaba los acercamientos de Martin. Siempre se inclinaba un poco hacia adelante y le dedicaba una sonrisa de aliento, con una mano alzada para saludar desde el carruaje que la conducía eternamente a su coronación.



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