Martin no lo contaba todo a la reina, por supuesto. Ella conocía la devoción de Lee a la Iglesia de los Renacidos y Salvados. Martin le había descrito con todo lujo de detalles, y más de una vez, la seriedad que la religión había introducido en sus horas de cena, joviales en otro tiempo. Y también sabía del trabajo de Danny en Tesco's, donde mantenía los estantes bien pertrechados de todo, desde guisantes a judías secas, y de la chica de la tienda de té por la que el chico estaba loco. Cada vez más turbado, Martin había revelado a la reina, tan solo una semana antes, su tardío intento de explicar el misterio de la vida a su hijo. Cómo había reído la reina (cómo se había visto obligado Martin a reír también) cuando se lo imaginó en la librería de viejo de Greater Springburn, a la busca de algo sobre biología, para terminar al fin con un diagrama de ranas. Se lo dio a su hijo junto con un paquete de condones que guardaba en su cómoda desde 1972, más o menos. Esto servirá para iniciar la conversación, había pensado. «¿Para qué son las ranas, papá?» conduciría inevitablemente a la revelación de lo que su propio padre había llamado en tono misterioso «el abrazo conyugal».

No era que la reina y él hablaran de abrazos conyugales y cosas por el estilo. Martin sentía demasiado respeto por Su Majestad para hacer algo más que insinuar el tema y cambiar a otro.

Sin embargo, durante las últimas cuatro semanas, sus conversaciones se habían interrumpido en el punto más elevado de Water Street, donde la campiña se extendía hacie el este en campos de lúpulo y descendía hacia el oeste en una pendiente cubierta de hierba, que rodaba hasta una fuente donde crecían berros. Allí, Martin había adoptado la costumbre de desviar el carro hasta la estrecha franja de ceniza que hacía las veces de cuneta para pasar unos minutos en silenciosa contemplación.

Aquella mañana no fue diferente. Dejó que el motor descansara. Miró hacia el campo de lúpulo.



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