Coge sus manos y la enseña a enrollar las plantas de lúpulo en la cuerda, para que los vastagos no se rompan, y la respiración de ella se acelera cuando él la toca, y sus pechos se alzan más, y él nota su cabello suave y rubio contra la mejilla. Hay que hacerlo así, señorita, dice. Los dedos de la muchacha tiemblan. No se atreve a mirarle a los ojos. Nunca la había tocado un hombre. No quiere que se marche. No quiere que pare. Se siente desfallecer cuando siente el contacto de sus manos. Así que se desmaya. Sí, se desmaya, y él la lleva en brazos hasta el borde del campo, la larga falda roza sus piernas mientras camina virilmente entre las hileras, y la cabeza de la muchacha cuelga hacia atrás, con el cuello tan blanco y puro al descubierto. La deposita sobre la tierra. Acerca agua a sus labios, agua contenida en una tacita de hojalata que le tiende la vieja desdentada que sigue a los trabajadores en su carrito y les vende agua a dos peniques la taza. Los párpados de la muchacha se agitan. Le ve. Sonríe. Él coge su mano y la acerca a los labios. Besa…

Una bocina trompeteó detrás de él. Martin se sobresaltó. Por lo visto, la conductora del enorme Mercedes rojo no quería poner en peligro los guardabarros del coche al pasar entre el seto y el carro del lechero. Martin agitó la mano y puso la primera. Miró con timidez a la reina para ver si estaba enterada de las imágenes que había recreado en su mente, pero no dio señales de desaprobación. Se limitó a sonreír, con la mano alzada y la tiara resplandeciente, mientras avanzaban hacia la abadía.

Condujo el carro colina abajo hacia Celandine Cottage, un edificio del siglo XV que había sido la casa y lugar de trabajo de un tejedor. Se erguía tras un muro de piedra, en una suave elevación donde Water Street se desviaba al nordeste y un sendero peatonal conducía a Lesser Springburn. Miró a la reina una vez más, y pese al dulce rostro cuya expresión anunciaba que no le juzgaba mal, sintió la necesidad de excusarse.



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