
Habían plantado los postes hacía más de un mes, fila tras fila de esbeltos castaños, algunos de seis metros de altura, de los cuales descendían cuerdas que se entrecruzaban hasta el suelo. Las cuerdas componían un enrejado en forma de diamante por el cual treparía a la larga el lúpulo. Los plantadores se ha bían ocupado por fin del lúpulo, se dio cuenta Martin mientras contemplaba la tierra. En algún momento, desde ayer por la mañana, habían trabajado el campo, girado hacia arriba las juveniles plantas cinco metros por la red de cuerdas. El lúpulo haría el resto en los meses siguientes, crearía un laberinto de bordados verdosos en su lenta ascensión hacia el sol.
Martin suspiró complacido. La vista era cada día más encantadora. El campo estaría fresco entre las hileras de plantas que iban madurando. Su amor y él caminarían por allí, solos, cogidos de la mano. A principios de año (ayer, de hecho), le enseñaría a enrollar los tiernos zarcillos de la planta en la cuerda. Se arrodillaría en la tierra, con la falda azul de gasa extendida como agua derramada, su joven y firme trasero apoyado sobre sus talones descalzos. Nueva en el trabajo y desesperada por conseguir dinero para…, para enviarlo a su pobre madre, que era la viuda de un pescador de Whitstable y tenía que alimentar a ocho hijos de corta edad, lucharía con la enredadera, temerosa de pedir ayuda para no traicionar su ignorancia y perder la única fuente de ingresos con que cuentan sus hermanos y hermanas muertos de hambre, a excepción del dinero que gana su madre haciendo encajes para los collares y sombreros de las damas, dinero que su padre malgastaba sin contemplaciones en la taberna, borracho y ausente de casa toda la noche, cuando no se estaba ahogando en el mar en mitad de una tormenta, empeñado en intentar pescar suficiente bacalao para pagar la operación que salvaría la vida de su hijo menor. Lleva una blusa blanca, escotada, de manga corta, de modo que cuando él, el robusto supervisor de su trabajo, se inclina para ayudarla, ve las gotas de sudor, no mayores que cabezas de alfiler, que brillan sobre sus pechos, y sus pechos suben y bajan con rapidez provocada por su cercanía y su virilidad.
