Estaba introduciendo la botella en la caja situada en lo alto del camino, donde se cobijaba en la base de un abeto plateado, cuando oyó pasos procedentes del sendero que se curvaba desde el camino hasta la puerta de la cocina. Levantó la vista, preparado para decir «Buenos días», pero las palabras quedaron atascadas entre su garganta y su lengua cuando vio a Gabríella Patten por primera vez.

Estaba bostezando, se tambaleaba un poco sobre los ladrillos irregulares, con la bata desceñida, que aleteaba mientras caminaba. Iba desnuda debajo.

Sabía que debía apartar la vista, pero se descubrió hechizado por el contraste de la bata con la piel clara. Y menuda piel, como los pétalos inferiores del gorro de dormir de la abuela, blanca como plumón de pato y ribeteada de rosa. Aquel tono rosado quemó sus ojos, su garganta, sus ingles.

– Jesús -exclamó. Fue tanto una expresión de agradecimiento como de sorpresa.

Ella ahogó un grito y cubrió su cuerpo con la bata.

– Dios santo, no tenía ni idea… -Se llevó tres dedos al labio superior y sonrió-. Lo siento muchísimo, pero no esperaba a nadie. A usted no, desde luego. Siempre he pensado que traían la leche al amanecer.

Martin empezó a retroceder de inmediato.

– No, no. A esta hora. Sobre las diez es lo normal.

Alzó la mano hacia la gorra picuda para darle un tirón y cubrirse más la cara, que daba la impresión de estar ardiendo. Pero aquella mañana ho se había puesto la gorra. Nunca se la ponía después del uno de abril, el día de los Inocentes, hiciera el tiempo que hiciera. Acabó tirando de su pelo como un tonto de aquellos programas de televisión.



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