– Bien, he de aprender mucho sobre el campo, ¿verdad, señor…?

– Martin. O sea, Snell. Martin.

– Ah. Señor Martin Snell Martin. -Salió por la puerta enrejada que separaba el camino del jardín. Se inclinó (Martin apartó los ojos) y levantó la tapa de la caja para guardar la leche-. Es muy amable. Gracias. -Cuando Martin se volvió, vio que había cogido la botella de leche y la sostenía entre sus pechos, en la V que formaba el cierre de su bata-. Está fría -dijo.

– La previsión anuncia sol para hoy -contestó Martin-. Saldrá a mediodía, más o menos.

Ella volvió a sonreír. Tenía los ojos muy dulces cuando sonreía.

– Me refería a la leche. ¿Cómo la mantiene tan fría?

– Ah. La camioneta. Algunos contenedores están aislados especialmente.

– ¿Me promete que siempre la traerá así? -Giró la botella, y dio la impresión de que se hundía más entre sus pechos-. Fría, quiero decir.

– Oh, sí. Claro. Fría.

– Gracias, señor Martin Snell Martin.

Desde aquel día, la vio varias veces a la semana, pero nunca más en bata. Tampoco era que necesitara recordar aquella visión.

Gabriella. Gabriella. Adoraba aquel sonido en el interior de su cabeza, tembloroso como si fuera producido por violines.

Martin volvió a ajustar el retrovisor, satisfecho de su excelente aspecto. Aunque el cabello no fuera más espeso que antes de empezar el tratamiento, era mucho menos frágil desde que empleaba la laca. Rebuscó en la parte trasera de la camioneta hasta encontrar la botella que siempre conservaba más fría. Secó la humedad y limpió la tapa con la pechera de la camisa.

Empujó la puerta del camino. Observó que no estaba pasado el pestillo y susurró «Puerta, puerta, puerta», para no olvidar mencionarlo a Gabriella. La puerta carecía de cerradura, por supuesto, pero no era necesario facilitar más la tarea a alguien que quisiera irrumpir en su intimidad.



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