En el garaje cabían dos coches, y las puertas se abrían en el centro. Por lo general, había un candado, pero Martin comprobó, sin necesidad de una inspección minuciosa, que la cerradura no se utilizaba. Una de las puertas estaba abierta sus buenos diez centímetros. Martin se acercó a la puerta, respiró hondo, desvió la vista en dirección a la casa, abrió la puerta un par de centímetros más y apretó la cara contra la rendija.

Vio un brillo de cromo cuando, la luz incidió en el guardabarros del Aston Martin plateado en que la había visto circular por las carreteras vecinales, una docena de veces o más. Al verlo, Martin sintió un peculiar zumbido en la cabeza. Volvió a mirar hacia la casa.

Si el coche estaba aquí y ella estaba allí, ¿por qué no había recogido su leche?

Tal vez se había marchado a primera hora de ayer, se contestó. Tal vez había regresado tarde a casa y olvidado por completo la leche.

Pero ¿y los periódicos? Al contrario que la leche, estaban a plena vista. Para entrar en la casa tendría que haber pasado a su lado. ¿Por qué no los había recogido?

Porque había ido de compras a Londres, iba cargada de paquetes y había olvidado salir más tarde a por los diarios, una vez dejado los paquetes.

¿Y el correo? Estaría tirado en la entrada. ¿Por qué lo había dejado allí?

Porque era tarde, estaba cansada, quería ir a la cama y no había entrado por la puerta de delante. Había entrado por la cocina, y por eso no había visto el correo. Se había ido directamente a la cama, y aún continuaba durmiendo.

Dormida, dormida. Dulce Gabriella. Con un camisón de seda negra, el cabello ensortijado sobre la almohada y las pestañas apoyadas sobre la piel, como filamentos de ranúnculos.

No haría ningún daño comprobarlo, pensó Martin. No haría el menor daño. Ella no se enfadaría. No era su estilo. El que Martin se hubiera preocupado por ella la consolaría, una mujer sola en el campo sin que un hombre cuidara de su bienestar. Le rogaría que entrara, sin duda.



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