Isabelle dio la vuelta a la casa con suma atención, moviéndose de este a noroeste. Examinó las ventanas. Escudriñó el suelo. Dedicó su atención al tejado y las puertas. Por fin, se encaminó a la parte trasera, donde la puerta de la cocina estaba abierta, y donde, bajo un emparrado en que la enredadera empezaba a desplegar sus hojas, estaba sentado un hombre de edad madura frente a una mesa de mimbre, con la cabeza hundida en el pecho y las manos enlazadas entre las rodillas. Ante él tenía un vaso de agua, que no había tocado.

– ¿Señor Snell?

El hombre levantó la cabeza.

– Se han llevado el cuerpo -dijo-. Estaba cubierta de pies a cabeza. La envolvieron y ataron. Parecía que la hubieran metido en una especie de bolsa. Eso no es correcto, ¿verdad? No es decente. Ni siquiera respetuoso.

Isabelle acercó una silla y dejó su maletín sobre el hormigón. Experimentó la necesidad instantánea de consolarle, pero esforzarse en ser compasiva se le antojó inútil. La muerte era la muerte, por más que uno dijera. Nada cambiaba ese hecho para los vivos.

– Señor Snell, cuando llegó, ¿las puertas estaban cerradas con llave o no?

– Intenté entrar cuando ella no contestó, pero no pude, así que miré por la ventana. -Se estrujó las manos y respiró hondo-. No debió sufrir, ¿verdad? Oí a alguien decir que el cuerpo ni siquiera estaba quemado, por eso supieron al instante quién era. ¿Murió a causa del humo?

– No sabremos nada con seguridad hasta después de la autopsia -contestó Coffman. Se había acercado a la puerta. Su respuesta pareció cautelosamente profesional.



24 из 683