Dio la impresión de que se conformaba.

– ¿Y los gatitos? -preguntó.

– ¿Gatitos? -repitió Isabelle.

– Los gatitos de la señorita Gabriella. ¿Dónde están? Nadie los ha sacado.

– Estarán por ahí fuera -dijo Coffman-. No les hemos encontrado en la casa.

– Pero la semana pasada encontró dos cachorrillos. Junto a la fuente. Alguien los dejó en una caja de cartón, al lado del sendero peatonal. Se los trajo. Los cuidó. Dormían en la cocina en una cestita y… -Snell se pasó la mano sobre los ojos-. He de entregar la leche. Antes de que se estropee.

– ¿Le ha tomado declaración? -preguntó Isabelle a Coffman, mientras se agachaba para no golpearse con el dintel de la puerta y la seguía hasta la cocina.

– Por si acaso. Pensé que querría hablar con él en persona. ¿Le digo que se marche?

– Siempre que tengamos su dirección.

– De acuerdo. Me ocuparé de eso. Estamos en plena faena.

Indicó una puerta interior. Al otro lado, Isabelle vio la curva de una mesa de comedor y el final de una chimenea del tamaño de una pared.

– ¿Quién ha entrado?

– Tres tíos de los bomberos. El DIC en pleno.

– ¿La policía científica?

– Sólo el fotógrafo y el patólogo. Pensé que sería mejor dejar al resto fuera hasta que usted echara un vistazo.

Condujo a Isabelle hasta el comedor. Dos agentes en período de pruebas se encontraban ante los restos de un sillón de orejas, colocado en ángulo al pie de la escalera. Lo contemplaban con el entrecejo fruncido, la viva imagen de la perplejidad. Uno parecía muy interesado. El otro daba la impresión de sentirse molesto por el olor acre del tapizado incinerado. Ninguno de los dos tendría más de veintitrés años.

– Inspectora Ardery -dijo Coffman para presentar a Isabelle-. Experta en casos difíciles de la comisaría de Maidstone. Vosotros dos, echaos atrás y dejadle espacio. Aprovechad para ir tomando notas.



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