El resplandor desapareció de los ojos de diamante cuando la capa de gas de ese gran mundo cubrió gradualmente la máquina. Caía ahora de forma lenta y continuada; también se podría haber usado la palabra precavidamente. Altair todavía era percibida, pero las estrellas ya no eran captadas ni siquiera por los sensitivos receptores que se encontraban tras aquellos lentes.

En ese momento se produjo un cambio. Hasta entonces aquello podía haber sido un cohete de diseño inusualmente fantástico frenando su caída por medio de los propulsores exteriores para poder aterrizar. El hecho de que los chorros de la propulsión se hicieran cada vez más brillantes nada significaba; era obvio que el aire se estaba haciendo más denso, pero los propios cohetes no debían producir ese resplandor.

Los gases de escape centelleaban todavía más, como si estuvieran haciendo un esfuerzo desesperado por detener una caída que se aceleraba a pesar de ellos, y los armazones que los cubrían comenzaron a brillar con una luz rojiza. Aquella señal fue suficiente para los controladores; un grupo de fogonazos resplandeció unos instantes, pero no en los mismos cohetes, sino en diversos puntos entre las vigas que los sostenían. Sus extremos se liberaron al instante y la máquina cayó sin apoyo.

Pero sólo fue así por un momento. En la superficie quedaba todavía más equipo, y cuando apenas había pasado medio segundo del desprendimiento de los cohetes, un gigantesco paracaídas emergió de la masa de plástico. Cabía esperar que con tal gravedad se hubiera desgarrado inmediatamente, pero los constructores conocían su oficio. Aguantó. La increíblemente espesa atmósfera —incluso a esa altura varias veces más densa que la de la Tierra— resistió frente a la amplia envergadura del paracaídas y se llevó la parte del león de cada ergio de potencia suministrado por la masa descendente. En consecuencia, una gravedad que era tres veces la de la superficie terrestre no produjo la ruptura del aparato cuando éste golpeó la tierra sólida.



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