Nada pareció ocurrir en los momentos inmediatamente posteriores al aterrizaje. Luego se movió el ovoide de fondo ancho, separándose de las ligeras vigas que habían sostenido el paracaídas, alejándose a rastras con pesos casi invisibles de aquel laberinto de cintas metálicas y deteniéndose de nuevo como si estuviera observando los alrededores.

No estaba mirando, sin embargo, pues por el momento no podía ver. Se precisaban varios ajustes. Ni siquiera un bloque sólido de polímero, carente de partes móviles excepto por lo que se refiere al equipo externo de manejo y transporte, podía quedar inalterado bajo una presión externa de unas ochocientas atmósferas. Las dimensiones del bloque y las de los circuitos insertados en él habían variado ligeramente. La pausa inicial tras el aterrizaje había sido necesaria para que los distantes controladores encontraran y armonizaran las algo diferentes frecuencias con las que ahora necesitaban operar. Los ojos, que con tanta claridad habían visto en el espacio vacío, debían ser ajustados para que el diferente índice de refracción entre el diamante y el nuevo medio externo no desdibujara las imágenes. Esto no tomó mucho tiempo, pues era automático y lo efectuaba la atmósfera misma al filtrarse a través de los diminutos poros que se encontraban entre los elementos de las lentes.

Una vez ajustado ópticamente, la casi completa oscuridad ya no significaba nada para sus ojos, pues los multiplicadores que se encontraban tras aquellos utilizaban cada quantum de radiación que el diamante pudiera refractar. Lejos de allí, ojos humanos estaban literalmente pegados a las pantallas de visión en las que se reflejaban las imágenes retransmitidas de lo que veía la máquina.



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