
– Si estás muerto no puedes despedirme. -Roció por última vez hacia su espalda, mientras él salía de la oficina dando un portazo.
Después de un momento de silencio, Cam dijo:
– Echa un poco más. Fumiga todo lo que ha tocado.
– Necesito un bote nuevo. Éste está casi vacío.
– Cuando vuelva te compraré una caja entera.
– Por ahora fumigaré los pomos de las puertas que ha tocado, pero, por si acaso, mantente fuera de su oficina.
– ¿Y el baño?
– No pienso poner un pie en el servicio de hombres. Creía que erais seres humanos, pero una vez entré en un servicio y casi me desmayo de la impresión. Entrar en otro probablemente me originaría episodios psicóticos. Si quieres tener el baño desinfectado, tendrás que hacerlo tú mismo.
Por un momento él pensó en el insignificante detalle de que era ella la que trabajaba para ellos, pero luego consideró también la posibilidad de que la oficina se convirtiera en el caos más absoluto si Karen no estaba allí. En el caos o en un infierno. Y estaba seguro de ello. Cuando sopesó esos dos puntos de vista, concluyó que fumigar el baño no entraba en la lista de responsabilidades de Karen.
– Ahora mismo no tengo tiempo.
– El baño no va a marcharse a ninguna parte, y yo uso el de señoras.
Lo que significaba que no le importaba si el de los hombres quedaba o no desinfectado.
Miró a través de la puerta abierta, y se dio cuenta en ese momento de cuántas conversaciones entre ellos tenían lugar con Karen en la oficina de fuera y él en la suya, y la mayoría de las veces él no podía verla.
– Voy a instalar un gran espejo redondo -dijo-. Justo junto a la puerta de entrada.
– ¿Para qué?
– Para verte cuando hablo contigo.
– ¿Para qué quieres hacer eso?
– Para saber si estás riéndote.
* * *
Cam depositó su maletín en el compartimento del equipaje, después inspeccionó el Skylane, dando una vuelta en torno a él, buscando algo que estuviera suelto o deteriorado.
