
– Puedo volar -dijo él con voz ronca-. Tú eres la que insistes en que no puedo.
– Estoy segura de que la señora Wingate estará encantada de pasar cinco horas encerrada en un avioncito contigo… -dijo ella con sarcasmo-. Yo no quiero pasar cinco minutos contigo en la misma oficina. Vete. A casa.
– Apoyo esa moción -gruñó Cam-. Vete a casa.
– Ya he tomado un analgésico para la congestión -protestó Bret-. Pero todavía no ha hecho efecto.
– Entonces no lo va a hacer en el tiempo que te falta para volar.
– A ti no te gusta llevar a la familia.
«Especialmente a la señora Wingate», pensó Cam, pero dijo en voz alta:
– No es tan importante.
– Yo le gusto más.
Ahora Bret hablaba como un niño ofendido, pero, por otra parte, siempre hacía pucheros cuando algo interfería en su tiempo de vuelo.
– Puedo aguantarla durante cinco horas -dijo Cam implacable. Si él podía, ella definitivamente también-. Tú estás enfermo. Fin de la discusión.
– Te he sacado las predicciones meteorológicas -anunció Karen-. Están en tu ordenador.
– Gracias. -Fue a su oficina, se sentó a la mesa y empezó a leer. Bret se quedó de pie en la puerta, con aspecto de no saber qué hacer-. Por el amor de Dios -dijo Cam-, vete al médico. Parece como si te hubieran echado gas lacrimógeno. Debes de tener una reacción alérgica a algo.
– Está bien. -Estornudó violentamente y después tuvo un ataque de tos.
Desde donde Cam estaba sentado no podía ver a Karen, pero oyó un zumbido; inmediatamente Bret se quedó envuelto en neblina.
– Ah, por el amor de Dios -rezongó el enfermo, manoteando para apartar la neblina-. No puede ser bueno respirar esto.
Ella se limitó a seguir fumigando.
– Me rindo -murmuró él después de manotear inútilmente durante unos segundos, porque perdía terreno contra la nube-. Me voy, me voy. Pero si tengo un fallo respiratorio porque me has rociado con Lysol, ¡estás despedida!
