
– Debería haber pedido un sueldo por pelear -refunfuñó en voz alta, mientras salía de la cama.
Después rezongó en silencio contra sí misma. No tenía motivos para quejarse, y mucho menos para llorar en sueños. Había aceptado casarse con James Wingate sabiendo cómo eran sus hijos y cómo reaccionarían ante las decisiones financieras que su padre tomara con respecto a ellos. De hecho, él había contado con esas reacciones y consecuentemente había hecho sus planes. Ella se había metido en aquella situación conscientemente, así que no tenía razones para lamentarse ahora. Incluso desde la tumba, Jim le estaba pagando bien desempeñando esa tarea.
Al entrar en el lujoso baño examinó su reflejo, algo imposible de evitar, ya que lo primero que te encontrabas era un enorme espejo del techo al suelo. A veces, al mirarse, experimentaba por un instante una desconexión casi total entre la imagen reflejada y lo que sentía en su interior.
El dinero la había transformado, aunque más por fuera que por dentro. Estaba más delgada, más atlética, porque ahora tenía tiempo y dinero para un entrenador personal que venía a casa y le hacía pasar las de Caín en el gimnasio privado. Su cabello, antes siempre de un color rubio sucio, ahora estaba tan hábilmente matizado con diferentes tonos de rubio que parecía completamente natural. Un estupendo corte favorecía sus facciones, cayendo en mechones tan graciosos que incluso ahora, recién salida de la cama, presentaba un aspecto increíble.
Siempre había sido detallista, y se había vestido tan bien como su sueldo se lo permitía, pero era abismal la diferencia entre detallista y refinada. Nunca había sido hermosa y ciertamente tampoco ahora alcanzaba semejante calificativo, pero a veces resultaba bonita, e incluso llamativa. La hábil aplicación de los mejores cosméticos hacía más intenso, más vibrante, el verde de sus ojos. Sus vestidos estaban confeccionados a medida para que le sentaran a la perfección sólo a ella, en vez de a millones de mujeres que tenían su misma talla.
