
Como viuda de Jim, podía utilizar de pleno derecho aquella casa en Seattle, una en Palm Beach y otra en Maine. No tenía que volar nunca en aerolíneas comerciales si no lo deseaba; la corporación Wingate alquilaba jets privados y había siempre un avión disponible para ella. Pagaba únicamente por sus posesiones personales, lo que significaba que no tenía que preocuparse por las cuentas. Ese era, sin lugar a dudas, el punto magistral del trato que había hecho con el hombre que se había casado con ella y que la había convertido en viuda en menos de un año.
Bailey había sido pobre, y aunque no había ambicionado nunca amasar una gran fortuna, debía admitir que tener dinero volvía mucho más fácil la vida. Todavía tenía problemas, los principales eran Seth y Tamzin, pero las dificultades eran diferentes cuando no implicaban pagar las facturas a tiempo; la sensación de urgencia había desaparecido.
Todo lo que tenía que hacer era supervisar sus fondos del fideicomiso -una tarea que se tomaba muy en serio, aunque no lo creyeran así- y, por otra parte, ocupar sus días.
Caray, estaba aburrida.
Jim había dejado bien atado todo lo referente a sus hijos, pensó mientras entraba en la ducha circular de cristal esmerilado. Había salvaguardado sus herencias; hasta donde era posible, también se había asegurado de que siempre estuvieran protegidos financieramente, y conocía a la perfección la personalidad de cada uno cuando lo planeó. Sin embargo, no había previsto cómo se desarrollaría la vida de su esposa tras su muerte.
Aparentemente no le había preocupado, pensó con tristeza. Bailey había sido el medio para un fin y, a pesar de que él se había encariñado mucho con ella -lo cual, por otra parte, era recíproco-, nunca había aparentado sentir nada más que eso. El suyo había sido un arreglo de negocios iniciado y controlado por él. Aunque lo hubiera sabido de antemano, a Jim no le habría preocupado que sus amigos, que la habían invitado por obligación a sus eventos sociales mientras él estaba todavía vivo, la excluyeran de sus listas de invitados como si fuera una patata caliente tan pronto estuvo bajo tierra.
