
Repasó los días precedentes intentado recordar: los coches detrás del suyo de camino a Los Ángeles, las llamadas telefónicas que había recibido, o un hombre desconocido al salir de su banco. Se preguntaba: ¿Se había alterado algún detalle, entre todos los detalles sobre los que se mantenía ojo avizor? ¿Se había producido alguna diferencia sutil, crucial? No estaba seguro…
En realidad, no sospechaba nada. Todo parecía como de costumbre, y aquel viernes por la noche no parecía diferente de otros cientos. En cualquier caso, desde su retiro, los días habían transcurrido idénticos unos de otros y nunca estaba completamente seguro de dónde estaba; ¿abril?, ¿noviembre?, ¿1958?, ¿1985? Qué más daba. Carecía de la conciencia del tiempo, como el desierto, y nunca «miraba atrás» en el sentido habitual; su pasado se desvanecía como la estela de un avión a reacción en un cielo lejano y blanco. Su vida era así; en apariencia no había llegado a materializarse nunca completamente, o hacía largo tiempo que se había disipado y dispersado. Había llegado a vivir los últimos coletazos de una guerra que se había convertido en un mito y había esperado a la siguiente, otro mito en cierto modo, pues no se había producido en absoluto y ahora parecía tan extraña como las películas de la última sesión, parte de un mundo que permanecería quizá misteriosamente silencioso, o que podría ser atacado desde el espacio exterior. Pero no había ocurrido. Habían liberado el poderoso átomo y roto la barrera del sonido, pero nada había ocurrido después de todo. Ya nadie hablaba de aquellos tiempos y sólo los viejos como él mismo, según había advertido, seguían llevando aún las camisas cien por cien tergal, el «tejido milagroso», o recordaban lo sorprendentes que eran los transistores. Tal vez formaba parte de una generación que había esperado su momento demasiado tiempo, y ese momento no había llegado nunca. Ahora se veían atrapados en un pasado peculiar, héroes de una historia que no conducía hasta el presente en el que se hallaban.
