Como consecuencia, no eran del todo visibles para quienes los rodeaban. En otro tiempo habían resultado familiares, incluso famosos, pero ahora los habían olvidado, como las viejas canciones que no se oían ya en ninguna radio. El caso de Tannis era un ejemplo evidente. Sin el uniforme de la Marina era irreconocible, y cuando la gente conseguía recordarlo, solía sorprenderse: ¿No se había muerto? ¿No se había ido a vivir a otro lugar veinte años atrás? No es que a él le preocupara. Por el contrario, prefería el anonimato. Quizás era anacrónico, pero vivía en gran medida en su propia época. No compraba aparatos japoneses, no sabía lo que era la música «disco», o lo que había sido. Además, todavía recordaba las letras de aquellas viejas canciones. Probablemente, esperando a que el semáforo se pusiera verde, había marcado el ritmo de la música contra el volante: When the moon hits your eye like a big pizza pie that's

Sin embargo, aunque no estuviera al día, Tannis sabía que se hallaba en algún momento de la «Era Reagan», que la copa que sostenía en la mano tenía aquel sabor a viernes por la noche, y que debía de ser a finales de primavera o verano, porque no había fuego de ramas de tamarugo crepitando en la chimenea detrás de él. Pero podía haber sido cualquier otra noche en el Mojave

Se volvió de espaldas al ventanal en sombras, escuchando. Luego recorrió el pasillo hasta el otro extremo, donde tenía su pequeño despacho, y respondió como solía (como siempre contestaban los de seguridad), sin dar su nombre:

– ¿Sí?

– ¿Tannis?

– ¿Quién es?

– ¿Tannis…? ¿Eres tú, verdad? Reconozco tu voz.

Y por un fugaz instante, un instante crucial, Tannis estuvo a punto de reconocer la voz del otro, emergiendo de un pasado que se abría como un sueño olvidado… pero no, no podía ser, estaba muerto, no, se había ido hacía mucho tiempo. ¿Acaso no habían muerto todos, como él mismo, veinte años atrás? Y entonces se le fue. Era la voz de… pero se había ido.



4 из 429