Pero su mente empezó a retroceder, a lo largo del camino que el libro había trazado, porque lo había comprado en el camino de regreso de Los Ángeles la semana anterior. Recordaba lo siguiente: había conducido de vuelta como era habitual, y estaba completamente seguro de que nadie lo había seguido, pero había tomado el camino más largo hacia casa, conduciendo por la autopista de la costa hasta Point Mugu (el emplazamiento del Centro de Pruebas de Misiles del Pacífico) y dando un rodeo por Pacific Palisades. Fue justo entonces, cuando recorría la serpenteante y estrecha carretera a través de Rustic Canyon, con sus cabañas de troncos de millones de dólares situadas en lo profundo del bosque, cuando Tannis recordó que Mann había pasado la guerra allí, y se le ocurrió que, a pesar de hablar alemán con total fluidez (aquél era, de hecho, uno de los cimientos de su carrera como agente), no había leído nunca una sola palabra de la obra de Mann. De modo que prolongó el rodeo hasta Bakersfield y compró el libro. Lo había estado leyendo aquella tarde antes de que… Pero aún no estaba preparado para «antes» y «después» y ya se adentraba de nuevo en el pasado, esta vez siguiendo las huellas de la guerra y de Alemania. Abril de 1945. Bavaria. Sí, había caminado de vuelta a su jeep (no necesitaba recordar, estaba allí, oliendo el bosque, sintiendo la densa capa de agujas de pino bajo sus pies, y deteniéndose luego al ver al alemán por entre los árboles; la conmoción que le produjo le cortó la respiración, como si se hubiera topado con un animal salvaje) y, al llegar a su altura, había visto a un soldado alemán hurgando en la parte de atrás.



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