Y todo era igual, nada había cambiado en absoluto. El ventanal, el desierto, el sol poniente… Parecía que, después de todo, no había ocurrido nada. El tequila estaba justo donde lo había dejado y levantó el vaso, como ofreciendo un brindis a los últimos rayos de sol que caían oblicuos sobre la arena: mezcal, el sol del desierto destilado. El sabor del licor recorrió su cuerpo (aquel sabor a madera quemada en los dientes) y cuando bajó el brazo vio aparecer la imagen de su rostro durante un instante, como un fantasma, en el cristal oscurecido del ventanal, pero miró fijamente a través de él. ¿Por qué no recordaba cómo era Harper? Más allá de las llanuras alcalinas y de aluvión, el vacío sin límites. Un momento antes… ¿En qué había estado pensando? Sería mejor que volviera a pensar en ello, seguir donde lo dejó. Algo sobre… Había estado pensando… «No hay nada ahí fuera.» No, eso es lo que pensaba ahora; y entonces recordó que había estado pensando en otros hombres que habían mirado más allá del desierto como había hecho él tan a menudo, preguntándose qué habrían estado buscando, hombres como Rommel, Cochise, san Antonio. Eran todos hombres clarividentes, y en otro tiempo también él…

Pero interrumpió de inmediato aquella cadena de pensamientos, puesto que le conducía, inevitablemente, hacia delante y él quería seguir hacia atrás, como si esperara hallar un lugar para desviarse, un camino que le permitiera «dar un rodeo». Así pues, dio media vuelta y sus ojos se posaron sobre el libro que había estado leyendo antes, Doctor Faustus, de Thomas Mann. Era típico de Tannis. Sólo leía las más grandes obras, aquellos libros que todo el mundo afirmaba haber leído aunque no fuese cierto, como Don Quijote o Moby Dick. Se trataba de una edición en rústica que había doblado para señalar el lugar donde estaba leyendo. Lo abrió de nuevo y repasó la página buscando la palabra que había señalado con el pulgar: teonómico, ya que había detenido la lectura para buscarla en el diccionario (siempre lo hacía cuando no conocía el significado de una palabra). «El estado de sometimiento a la autoridad y gobierno de Dios.» ¡Sometido a Dios! Le hizo reír, y luego pensó: «No es extraño que esos bastardos lo hicieran», refiriéndose a Mann, a los alemanes y a la guerra.



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