Ese era el tiempo que había vivido Dar Lang Ahn.

Afortunadamente, no eran pesados. Se puso con decisión a trabajar, haciendo un paquete que pudiera, dentro de lo posible, ser llevado sin causar molestias al andar o llevar las armas. Cuando finalmente se preparó y empezó a alejarse de los restos de la nave, iba cargado con aproximadamente la mitad de su peso en libros, la décima parte en comida y la ballesta y las saetas que habían sido sus compañeras inseparables desde el principio de su vida. Dejaba atrás la mayor parte de los alimentos, pero nada que pudiera ser leído.

Había pensado qué dirección tomar mientras preparaba su carga. La gran ruta circular a su destino previsto medía algo más de dos mil millas, de las cuales la mitad aproximadamente eran de océano. El camino sobre el que había pensado volar era mucho más largo, debido a las islas que Ciclo de fuego hacían posible cruzar el océano en etapas nunca mayores de cincuenta millas. Decidió ajustarse a esa ruta, porque ya la había recorrido algunas veces y la conocía. Naturalmente, los puntos de referencia tendrían un aspecto diferente vistos desde el suelo, pero esto no sería un gran inconveniente para su memoria fotográfica.

No salió, por supuesto, en la dirección que pensaba seguir, porque ello le hubiera llevado casi directamente a la montaña en cuyas laderas se había estrellado. Dar era mejor escalador que cualquier ser humano, debido a condiciones naturales de su físico, pero la cima de la montaña emitía una débil, aunque constante, columna de humo amarillo, y la lava bajo sus pies le parecía más caliente que lo que la luz del sol podía generar. Así, mientras que su meta inmediata en la orilla próxima del océano estaba al nordeste y el borde más cercano de la lava al norte, se volvió hasta que el sol carmesí que llamaba Theer estuviera a su izquierda y detrás de él y el menor Arren azul justo detrás, saliendo a continuación con dirección al noroeste.



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