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La sombra se metió en la corriente y empezó a caminar hacia él. Levantando de la superficie brillos que iluminaban el cuerpo de arriba. No se movió. Antes había retrocedido, pero ahora no se movió. Se había concentrado en la imagen sacada de los destellos del agua, movedizos como los de llamas a punto de apagarse: un antebrazo, una línea del mentón, un trozo de tela.
Empezó a componer al hombre que se iba acercando. No era fácil y no era sólo la luz -para ver algo que se resiste, ayuda mucho una idea anterior o una sospecha -. Él no tenía mucho. «Soldado» era lo que tenía, pero «soldado» era suyo, demasiado suyo como para salir afuera y juntarse con lo diferente.
El extraño había pasado la mitad de la travesía. Se detuvo y repitió los gestos. Primero lo hizo de frente y después -como si hubiera convertido en recurso lo que al principio fue un gesto espontáneo, y también tal vez producto de una rutina que el que le estaba viendo desde la orilla no podía descifrar- de costado y volviendo a apuntar a la derecha y atrás.
Un movimiento claro de la cabeza, que el extraño ejecutaba por primera vez, le indicó sin lugar a dudas que el propósito era que fuese con él, que se acercara y pasase a la otra orilla. No era como antes un mensaje a la espera de un intercambio, cuya respuesta podría haber sido una negativa, por ejemplo, sino una declaración de que el mensajero tenía que llevar a cabo un propósito. Ese mensajero ya no invitaba -al que creía conocido o al que esperaba -, sino que estaba cumpliendo una misión de la que no podía regresar con las manos vacías. Tendría que ir con él o tendría que resistirle. Eso le estaba diciendo el que venía mientras el agua rebasaba su cintura.
Ahora le descubrió. No es que le viese mejor – aunque ciertamente estaba descubriendo más partes de aquel cuerpo y el puzzle de reflejos empezaba a componer la imagen sin espíritu de una descripción física-, sino que la claridad del mensaje debió de alumbrar la idea que organizaba lo roto y disperso.
